Análisis a partir de la obra de Mike Cole (2019)
En un contexto donde la política se difunde a través de algoritmos, redes sociales y discursos virales, el libro de Mike Cole Trump, the Alt‑Right and Public Pedagogies of Hate and for Fascism: What Is To Be Done? (Routledge, 2019) ofrece una advertencia urgente: la educación no se limita a las aulas. Cole, profesor en el International Centre for Public Pedagogy de la Universidad de East London, utiliza la lente de la pedagogía pública para examinar cómo los discursos de odio de Donald Trump y la alt‑right funcionan como herramientas de aprendizaje social extrainstitucional, promoviendo racismo, sexismo y, en última instancia, ideas fascistas o fascísticas. Como él mismo escribe en la introducción: “Dada la contundencia, la regularidad incesante, la rabia, el fervor y el alto grado de fanatismo de los intentos de Trump por comunicar sus puntos de vista, es evidente que participa en una forma de pedagogía pública” (p. 2).
La pedagogía fuera de la escuela
Cole define la pedagogía pública, siguiendo a Sandlin et al. (2011), como “actividad educativa y aprendizaje en espacios y discursos extrainstitucionales” (p. 2). Se trata de procesos que ocurren en los medios, internet, la cultura popular, los discursos políticos y los movimientos sociales. Frente a la tradición de la pedagogía pública —que históricamente ha promovido la justicia social y el bien común—, Trump y la alt‑right despliegan una pedagogía opuesta: “para menos justicia y menos igualdad” (p. 4).
El autor retoma y desarrolla el concepto de Henry Giroux de una “public pedagogy of hate” (pedagogía pública del odio) emitida por una “right‑wing spin machine” (máquina de propaganda de derechas) que “escupe sin parar una retórica tóxica” contra musulmanes, afroamericanos, inmigrantes y otros grupos (p. 4). Trump ejerce esta pedagogía a través de mítines, tuits y políticas de exclusión; la alt‑right, mediante memes, foros y un “humor macabro” que normaliza la supremacía blanca. Cole advierte que, aunque pueda parecer difícil aplicar el concepto de pedagogía pública a un proyecto tan reaccionario, “Trump y la alt‑right también están clara y manifiestamente involucrados en una pedagogía pública contra el presunto liberalismo del Partido Demócrata y, abiertamente en lo que respecta a la alt‑right, a favor de la ‘supremacía blanca’ y un etno‑estado blanco” (p. 3).
Trump y la pedagogía de la incivilidad
Cole describe a Trump como “fascístico” más que fascista pleno, dadas las restricciones del sistema estadounidense, pero subraya su impacto pedagógico innegable. Tras analizar las características del fascismo (nacionalismo orgánico, estatismo autoritario, limpieza, paramilitarismo), concluye: “En conjunto, mi opinión es que, aunque Trump no puede ser considerado un fascista, es ‘fascístico’, en el sentido de que se inclina hacia el fascismo, está abierto a las ideas fascistas, defiende a los fascistas sobre el terreno y quizás está dispuesto […] a adoptar uno o más de los principios fascistas en público, dadas las circunstancias políticas y económicas adecuadas” (p. 20). Y añade: “Como tal, es quizás el aliado electo más poderoso del fascismo en la segunda década del siglo XXI en Estados Unidos” (p. 20).
En el capítulo 2, analiza cómo los discursos racistas/fascísticos de Trump —el muro, la prohibición de entrada a musulmanes, los comentarios sobre “Pocahontas”, los “sons of bitches” (hijos de puta) de “shithole countries” (países de mierda) y el ataque al programa DACA— constituyen una pedagogía pública del odio que legitima el fascismo y “da permiso” a sus seguidores para deshumanizar al otro.
Particularmente potente es el análisis de Twitter. Siguiendo a Brian Ott, Cole argumenta que esta red se caracteriza por simplicidad, impulsividad e incivilidad, rasgos que coinciden perfectamente con la personalidad de Trump. Escribe: “Cada medio de comunicación entrena nuestra conciencia de maneras particulares […] Twitter finalmente nos entrena para devaluar a los demás, cultivando así un discurso mezquino y malicioso” (p. 37). Y remata: “Todo esto significa que Twitter cría un discurso oscuro, degradante y deshumanizador; cría virulencia y violencia; en definitiva, cría a Donald Trump” (p. 38). Sus tuits y retuits no son casuales: “retuiteo por una razón”, y esa razón es pedagógica: enseñar a quién odiar y por qué.
Ejemplos incluyen la burla al reportero con discapacidad Serge Kovaleski —sobre la que Cole cita a Meryl Streep: “Este instinto de humillar cuando es modelado por alguien en una plataforma pública por alguien poderoso […] da permiso a otras personas para hacer lo mismo” (p. 20)— o la respuesta equívoca tras los sucesos de Charlottesville (2017), donde Trump afirmó que había “gente muy fina en ambos bandos” (p. 16). Cole cita al columnista Richard Wolffe: “Donald J. Trump literalmente simpatiza con los fascistas. Comparte su visión del mundo con la misma facilidad con que comparte su lenguaje y sus vídeos. Les da la mayor plataforma política a su voz y sus valores” (p. 16).
La alt‑right: el “hipsterismo” del odio
Los capítulos 3 y 4 están dedicados a la alt‑right, a la que Cole presenta como una versión actualizada y “hipster” del neonazismo. Retomando a Anton Shekhovtsov, la define como “una elegante autorrepresentación hipster de los neonazis” (p. 48). Operan principalmente en internet, y Cole analiza en detalle foros como The_Donald en Reddit, donde convergen distintos perfiles (provocadores de 4chan, gamers antiprogresistas, activistas por los derechos de los hombres, supremacistas blancos y conspiranoicos anticomunistas). Todos comparten un lenguaje común (“cuck”, “snowflake”, “cultural marxism”) que funciona como dispositivo de adoctrinamiento.
El autor advierte que, pese al aparente “humor macabro” y las constantes afirmaciones de “solo es una broma”, el movimiento es serio en su objetivo: crear un “estado etno‑blanco” (white ethno‑state). Su fundador, Richard Spencer, lo expresó sin ambages: “América, al final del día, pertenece a los hombres blancos” (p. 48). Cole subraya la estrategia pedagógica de la ironía, citando a Andrew Anglin: “La cantidad de humor y vulgaridad confunde a la gente. La verdadera naturaleza del movimiento, sin embargo, es seria e idealista” (p. 55). La ironía y el trolleo sirven como mecanismo para radicalizar a jóvenes blancos descontentos, infiltrando ideas fascistas en el discurso convencional mediante repetición y provocación.
Resistencia: ¿Qué se debe hacer?
Cole no se limita al diagnóstico. El subtítulo What Is To Be Done? evoca la tradición leninista y exige una respuesta práctica. En el capítulo 5 destaca el papel de Antifa, que ha conseguido fracturar a la alt‑right mediante el doxing, la movilización callejera y el principio de “no platform for fascists”. El propio Richard Spencer reconoció: “Antifa está ganando en la medida en que están dispuestos a ir más lejos que nadie […] en términos de violencia, intimidación y maldad en general” (p. 91). Cole argumenta que “dar una plataforma a los fascistas hace que parezcan aceptables y respetables” (p. 94), mientras que “el derecho de los fascistas a la libertad de expresión es menos importante que el derecho de quienes están en el extremo receptor a no ser intimidados ni abusados verbal y físicamente: el ataque físico tiende a seguir a las victorias fascistas” (p. 95).
El libro documenta también las grandes protestas contra Trump (Women’s Marches, March for Our Lives, etc.) y enfatiza que la lucha antifascista debe ir unida a la lucha contra el capitalismo neoliberal. En el capítulo 6 propone una pedagogía pública para el socialismo del siglo XXI, inclusiva, que integre todas las opresiones (clase, raza, género, discapacidad) y centralice los imperativos ecológicos frente a la “pinza del fascismo”: crisis ecológica + etnonacionalismo (p. 22). Escribe: “La pedagogía pública para el socialismo va más allá de la agenda de justicia social de la teoría progresista de la pedagogía pública […] en el sentido de que se trata nada menos que de promover la transformación de la sociedad hacia un futuro postcapitalista y socialista” (p. 110). Y añade con urgencia: “Mientras el cambio climático se desarrolla en tiempo real en todo el mundo […] no tendremos mundo en el que crear un futuro socialista a menos que prioricemos las cuestiones ecológicas” (p. 111).
Fundamentos teóricos de una pedagogía antifascista
Cole se inscribe en la tradición de Gramsci, Freire y especialmente Henry Giroux, quien defiende la educación como principio organizador de la política. Cole cita a Giroux: “Harían bien en tener en cuenta las profundas transformaciones educativas que tienen lugar entre una variedad de aparatos culturales, que son realmente máquinas de enseñanza, y al hacerlo, reclamar la pedagogía como categoría central de la política misma” (p. 114). Y recuerda la famosa frase de Gramsci: “Toda relación de ‘hegemonía’ es necesariamente una relación educativa” (p. 114).
En contexto hispanohablante, obras como Pedagogía antifascista de Enrique Javier Díez‑Gutiérrez (2022) complementan este enfoque, insistiendo en detectar discursos de odio en las aulas y construir comunidad educativa como espacio de resistencia.
Una pedagogía antifascista práctica se caracteriza por:
Literacidades múltiples: leer críticamente memes, algoritmos y narrativas oficiales.
Conexión de opresiones: articular clase, raza, género, ecología y discapacidad.
Acción extrainstitucional: educadores como intelectuales públicos, alianzas con movimientos sociales y aplicación del “no platform” en centros educativos.
Esperanza radical: militante y organizada, no ingenua. Como escribe Cole, es necesario un “frente amplio antifascista, antiimperialista, antirracista y anticapitalista” (p. 98).
Conclusión
El libro de Mike Cole es una llamada a la acción. Recuerda que, si los educadores no ocupamos los espacios de la pedagogía pública con discursos de esperanza, justicia social e inclusión, esos espacios serán colonizados por pedagogías del odio. Como él mismo afirma en la introducción, su objetivo es “reavivar una retórica que vaya más allá del socavamiento del capitalismo neoliberal y la promoción de la justicia social, y realinear a la izquierda contra el fascismo y a favor de un socialismo del siglo XXI” (p. 1).
En 2026, sus análisis siguen vigentes: el trumpismo persiste en discursos antiinmigrantes, negacionismo climático y ataques a la educación pública, reproduciéndose también en España y Europa a través de redes y líderes populistas. Leer a Cole es un ejercicio de vigilancia crítica: reconocer cuándo un meme, un tuit o un comentario “inocente” educa para la deshumanización, y responder con otra pedagogía: la que construye puentes, memoria histórica, solidaridad y un futuro socialista y ecológico.
Referencia completa:
Cole, M. (2019). Trump, the Alt‑Right and Public Pedagogies of Hate and for Fascism: What Is To Be Done? Routledge.
Otras lecturas recomendadas:
Giroux, H. (varios años). Critical Pedagogy in the Age of Fascist Politics.
Díez‑Gutiérrez, E. J. (2022). Pedagogía antifascista. Octaedro.
Sandlin, J. A. et al. (2011). “Mapping the Complexity of Public Pedagogy Scholarship”. Review of Educational Research.